jueves, 26 de junio de 2014

No vamos a tragar. Soberanía alimentaria, Una alternativa frente a la agroindustria

No vamos a tragar.
Soberanía alimentaria:
Una alternativa frente a la agroindustria

Libro de Gustavo Duch
Ed. Los Libros del Lince
Barcelona 2014
16 euros
 
“La pobreza en el mundo es una pobreza que reside en el campo,
precisamente a causa de modelos como éste,
donde se agota la tierra con exigencias atroces y se imposibilita a los campesinos y las campesinas el acceso y control de los recursos productivos, vivir de su trabajo agrícola y crear un tejido rural rico y vivo”.


En los últimos años son muchos los que advierten y denuncian el fenómeno de concentración de las mejores tierras en pocas manos, cada vez más internacionales, y con menos arraigo en el territorio...
 
El objetivo de este fenómeno no es producir alimentos para la población (misión sacrosanta del campo: agricultura y ganadería...), sino producir beneficios a esos pocos inversores...
 
Se puede dar el caso de que no tengamos alimentos, pero sí algún millonario...  Lo mismo que ya se produce en múltiples activos financieros que no producen nada, pero sí hacen a algunos millonarios, muy pocos...
 
Y es que Gustavo Duch sostiene que el hambre es un problema político, una crisis generada a través de políticas destinadas a la producción exportadora de los países que la sufren y la destrucción de sus mercados y producciones interiores donde el campesinado genera cultivos comerciales para multinacionales que posteriormente venderán a esos mismos mercados generando la más absoluta pérdida de soberanía alimentaria. A ello contribuye la apropiación de tierras con fines agroindustriales y el control de zonas agrícolas en diferentes regiones del mundo, en muchos casos motivadas por la entrada de grupos privados de capital o fondos económicos con fines especulativos. Este acaparamiento, entre otras consecuencias, fuerza a miles de campesinos al desplazamiento y a la pérdida de su sustento: la tierra.
Esta será una de las causas del despoblamiento del territorio, y el abandono de los pueblos...

Y es que la falta de rentabilidad económica de sectores donde habitualmente se ejerce la especulación como la deuda pública o el sector inmobiliario ha empujado a los fondos de inversión al mercado de futuros alimentos que son junto al aumento de granos para los agrocombustibles motivos que explican el actual aumento de precios de materias primas para desgracia de los países que dependen de las exportaciones a causa de su pérdida de soberanía alimenticia y beneficio de las empresas de inversión y especulación.

De esta forma, la falta de alimentos no es el problema, y Duch atribuye el argumento de la necesidad de aumentar la producción a la justificación de semillas transgénicas o de ganadería intensiva.
El hambre es un problema político, y lo mismo podemos decir de las otras crisis alimentarias. Es necesario dejar de apostar por un modelo agrario basado en el libre comercio y la exportación para hacerlo por otro que garantice la soberanía alimentaria de las poblaciones.”

El lector a través de las páginas de este No vamos a tragar. Soberanía Alimentaria: una alternativa frente a la agroindustria va a encontrarse con un innumerable catálogo de atrocidades alimentarias, y no solo relacionadas con la explotación del tercer mundo aunque manda la obesidad de las multinacionales de la alimentación, pero también interesará a quien esté preocupado por su seguridad alimentaria.
Y la defensa de la cultura campesina en la que el autor ve el futuro, también en nuestro entorno, este libro tiene mucho de manifiesto además de su contenido explicativo e informativo.

Y no esperen un capítulo dedicado a los transgénicos, Duch hace un muy discutible canto de victoria sobre ellos:
Un fracaso en toda regla del que ya casi no habrá que hablar. La plaga transgénica –sus inversiones, sus tejemanejes y sus emporios que se iban a comer el mundo- , dos décadas después, cubre tan solo un 3% de la tierra agrícola mundial, circunscrita en cuatro o cinco países.
Por tanto, un 97% de la tierra agrícola del planeta continúa estando libre de transgénicos.
Sentimos decirlo, pero transgénicamente no hay nada que hacer.”

En fin, estamos ante un libro más que recomendable sea cual sea la visión del asunto del lector, hay una denuncia necesaria que independientemente de que se comparta o no el mensaje radical y de ruptura de Gustavo Duch hay que escuchar y reflexionar sobre él.

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