![]() |
| El novelista Émile Guillaumin. / Museo Émile Guillaumin |
Ese mismo año Guillaumin también se aficionó a la lectura con la novela de Pierre Loti Pescadores de Islandia (1886), y dos años después, con apenas quince, escribió sus primeros textos. Sin embargo, su libro inicial –una colección de escenas dialogadas titulada Dialogues Bourbonnais– no apareció publicado hasta 1899. Antes, entre 1894 y 1897, el joven autor hizo el servicio militar en el departamento del Cantal. Fue uno de los dos únicos periodos en que salió de Ygrande ("El Hombre de la tierra, el Hombre de las letras"); el otro fue cuando lo movilizaron por la Primera Guerra Mundial.
Con un lenguaje directo y sencillo, Guillaumin mostraba la dominación económica, social y cultural que durante siglos habían sufrido los campesinos
En 1901 Guillaumin publicó su segundo libro, la colección de relatos Tableaux champêtres, que le valió una distinción de la Académie Française. Además, le sirvió de base para escribir su primera novela –y tercer libro–, La Vie d’un Simple (1904). El propósito de cada una de sus obras es bien distinto: en aquella, el autor recreó su realidad circundante en un modo costumbrista; en esta, noveló la vida del ficticio agricultor Étienne Bertin para rebatir la descripción negativa de los labradores en Los campesinos (1855) de Honoré de Balzac y en La tierra (1887) de Émile Zola, así como su presentación idealizada en El pantano del diablo (1846) de George Sand.
La Vie d’un Simple fue finalista del premio Goncourt y alcanzó un gran éxito de inmediato: en solo un año se vendieron ciento cincuenta mil ejemplares, y la novela fue elogiada por Léon Blum, Octave Mirbeau y Valery Larbaud. Este éxito coincidió con la crisis agrícola iniciada en la década de 1890, así como con el declive de la aristocracia rural, dos fenómenos que requerían de una nueva representación del mundo rural, sin caricaturas, ni prejuicios. Con un lenguaje directo y sencillo, Guillaumin mostraba la dominación económica, social y cultural que durante siglos habían sufrido los campesinos.
El mismo año 1905 Guillaumin contrajo matrimonio con su vecina Marie Chalmin, con quien vivió durante el resto de su vida (con ella tuvo a sus dos hijos: Suzanne, nacida en 1909, y Jean, en 1922). Ese mismo año, sin dejar la agricultura –el autor nunca abandonó la profesión de labrador–, Guillaumin escribió y publicó su segunda novela, Près du sol, donde recrea la vida de los campesinos hasta en sus menores detalles. Esta nueva novela recibió críticas negativas y apenas tuvo repercusión.
Algo similar sucedió con su tercera novela, Albert Manceau, adjudant (1906), basada en sus propias experiencias en el servicio militar. Aquí el autor abandona el contexto rural y afirma que los campesinos, pese a su dura vida, deben quedarse en el campo, porque en el ejército pierden sus virtudes, para sumirse en un declive intelectual, físico y moral. Según A. Hodée, para Guillaumin el oficio de las armas solo podía llevar a la pereza, el alcoholismo y la vanidad más estúpida.
En su cuarta novela, Rose et sa parisienne (1907), el autor retomó el asunto rural. Pese a la buena acogida crítica, Guillaumin casi tuvo que irse de Ygrande después de que sus vecinos se vieran retratados en los personajes de la obra (¿Ay! cómo somos los de los pueblos: no tenemos arreglo: simpre igual, deshaciendo/destruyendo al que hace, criticando en la plaza al que propone, sin interperlarse nunca ¿por qué no lo hacen ellos?). Esta circunstancia lo sumió en una depresión y produjo un creciente desengaño sobre la capacidad de la literatura para mejorar la sociedad y “sacar a los campesinos de su apática inconsciencia”.
Un mayor interés literario –pese a su fracaso comercial– que las tres obras anteriores revistenlas dos siguientes novelas del autor. En la primera, Baptiste et sa Femme (1911), Guillaumin trata el éxodo rural y aboga por la preservación de las raíces campesinas: el hacinamiento en la urbe es nefasto para el hombre, sobre todo para el labriego, que, como en el ejército, acaba perdiendo aquí sus virtudes, para hundirse en la podredumbre.
En la segunda, Le Syndicat de Baugignoux (1912), Guillaumin logra su mejor novela tras La Vie d’un Simple. En ella recrea su agridulce experiencia como fundador y miembro activo de uno de los primeros sindicatos agrícolas de Francia, entre 1905 y 1911. (Algo parecido a los que paso en con el Sindicato de Redecilla del Camino que ahora recordamos el siglo de su disolución 1926) Además, durante esos años creó el boletín Travailleur Rural, donde se recogieron las primeras reivindicaciones de los labriegos frente a los terratenientes. De carácter eremítico y escéptico, el autor en adelante pensaría que la acción no conlleva un futuro mejor si esta no viene acompañada de una reforma moral.
En los años siguientes Guillaumin cultivó el género biográfico como otra forma de dignificar a las clases populares del mundo rural. Escribió sobre dos ciudadanos ilustres de su región: uno, el botánico, médico y explorador de los territorios australes François Peron, en François Peron, enfant du peuple (1937); el otro, el novelista Charles-Louis Philippe, en Charles-Louis Philippe, mon ami (1942). Aquí, describiendo a su amigo en comparación consigo mismo, el autor legó su mejor testimonio íntimo (Guillaumin siempre rehuyó el protagonismo, hasta el punto de rechazar al final de su vida una jugosa oferta para publicar sus memorias).
También consolidó su fama de hombre sabio –aún se le conoce por el sobrenombre de “El sabio de Ygrande”– la aparición en 1949 de Sur l’appui du manche, donde Guillaumin recogió en forma de aforismos sus mejores reflexiones, maduradas durante cincuenta años. La obra proyecta su faceta de moralista por ser, según Antoine Decorps, “un repertorio de buenos consejos, una suerte de breviario laico, un código de honradez campesina”, además del último libro publicado en vida por el autor.
De hecho, el 27 de septiembre de 1951 Guillaumin murió en su casa, por un infarto. Tres días después, una muchedumbre formada por sus vecinos, así como por sus admiradores, acompañó su cadáver hasta el cementerio de Ygrande, donde fue enterrado en una tumba donada por el ayuntamiento.
Gonzalo Gómez Montoro, CTXT
































