Reflexión de Mariana Gadea Barcina
Esta mañana, bajo la suave llovizna que envolvía campos y casas, paseando por caminos milenarios, hoy en parte reivindicados y en parte, maltratados, una reflexión de entre las muchas que iban saliendo, ha venido a nuestra conversación.
¿Cuánto tiempo llevamos perdiendo población en este pequeño pero representativo espacio de nuestra geografía? …
¿ Recuerdas cuando éramos pequeños, esa competencia infantil de ver qué pueblo era más grande ?… el mío tiene tantos, el tuyo treinta menos.
Esa misma pregunta con cuatro años de diferencia daba cifras mucho menores. Aparentábamos no asustarnos y seguíamos no poniendo el acento en que aquello iba bajando. En el fondo era un, ¿cuánto vamos a seguir menguando ?, ¿ llegaremos a desaparecer?…
Coincidimos en que aquella conciencia inconsciente de que algo estaba cambiando iba superpuesta con nuestros años de colegio, aquellos de la década de los sesenta y principios la de los setenta. Veíamos, casi sin ver, cómo iban faltando primos, vecinos y amigos que dejaban de estar durante los inviernos y que a veces, no siempre, reaparecían en verano si tenían una casa a la que volver.
En esas ocasiones en las que hablamos de nuestros pueblos para el público, para los de fuera, para los que no conocen ni conocemos, sacamos a la luz lo grandes que fuimos, los cada vez más grande en número de habitantes que llegamos a tener, las casa que había, las grandes, las pequeñas, los conventos, los escudos y las casas solariegas donde moraron nuestros ilustres antepasados de los que parecemos ser descendientes directos. Ocios y Velascos y demás nombres de pro en nuestra memoria para que esta nos sostenga a todos los que nunca los tuvimos, al menos, reconocidos.
Fuimos tantos y tuvimos tanto, la herrería, las panaderías, las tabernas y los ultramarinos. Pueblos llenos de campesinos, canteros, terrolleros, guarnicioneros, criados y criadas, mujeres pobres, medio pobres y alguna rica.
La verdad es que llegado el momento, con todo el cambio, unos pudieron quedarse, algunos lo prefirieron y otros no tenían la confianza de salir a buscar pero muchos oyeron que fuera, en las ciudades, había nuevas oportunidades. Nunca más la precariedad ni el mirar al cielo para ver si llueve o hiela. Fuera estaba el premio. No más frío, no más calor y mis hijos a estudiar que médicos o abogados serán.
Los que nos quedamos también nos fuimos a estudiar o a trabajar y de allí, tampoco volvimos, si acaso y con casa, en vacaciones y en Navidad.
Los que dejamos atrás, aquellos que lo eligieran o no, han sostenido el espacio de nuestra infancia, nuestros campos y nuestras casas, ya no están. Sostuvieron nuestra historia, la de cada uno pero también la de todos, la historia de el mundo rural en este lugar de la Tierra que no deja de tener un importante peso en la Historia como tal. Sostuvieron pueblos enteros con sus manos pero ya no están.
Algunos hemos vuelto y algunos más nos vienen a visitar. Hay quien incluso se instala para quedarse porque igual están buscando algo que
aquí pueden encontrar. Ojalá !
¿ Seremos capaces de compensar tanta pérdida y tanto cambio ?… ¿ Podremos mantener lo bueno de lo que nos sostuvo hasta llegar aquí o preferiremos cerrar los ojos y soñar con que nuestros mayores, los que ya no están , mantendrán la llama viva en el altar ?

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