sábado, 8 de febrero de 2020

La 'uberización' expulsa al agricultor para enriquecer a la gran empresa.

La industrialización del modelo productivo y la concentración de la propiedad siembran el campo de paradojas como el declive de los emprendedores y las explotaciones familiares, con un tercio de ellos en pérdidas. 
Sin embargo, Las ganancias brutas del sector agrario han aumentado más de 7.000 millones en los últimos cinco años.

El negocio del campo está sembrado de paradojas ¿Cómo se explica que miles de agricultores lo abandonen cada año cuando la rentabilidad no deja de crecer? ¿Por qué está en pie de guerra cuando las cifras oficiales dibujan un sector de meto una y saco dos, en el que las ganancias brutas superan a la suma de los gastos y los salarios y la relación con las arcas públicas sale a ganar?
Esos planteamientos, como suele ocurrir, resultan erróneos por la generalización: el campo no es uno sino, como poco, tres distintos que conviven en un escenario en el que la industria gana terreno y cuota de mercado mientras acapara tierras e intensifica la industrialización del modelo productivo, en un proceso simultáneo al declive de las explotaciones familiares y a la expulsión de los emprendedores, que llevan una década viéndose sustituidos por asalariados.
Gana peso la industria mientras las explotaciones tradicionales y los pequeños propietarios tratan de subsistir en un mercado cuyo funcionamiento está estrangulando la rentabilidad de sus negocios mientras el pastel de la producción de alimentos no deja de crecer; tanto, como para llevar años atrayendo a los fondos de inversión por sus elevados rendimientos.
Los comensales de ese pastel son cada vez menos y de mayor tamaño. Los menudos, que son los que estos días salen a la calle a protestar, van viendo cómo su espacio se achica más y más en un proceso de uberización similar al que está arrasando, entre otros, el pequeño comercio o el del taxi.

La rentabilidad se dispara

Los datos de la Contabilidad Nacional indican, sin dejar espacio para las dudas, como el negocio del campo lleva como un tiro cinco años en los que ha pasado de aportar 26.179 millones de euros al PIB a añadirle 33.454.
Esa fulgurante salida de la crisis, con un avance del 27,78% en un lustro que únicamente se ve superado por el 35,2% de la construcción, aunque su desplome de más del 50% en el quinquenio precedente invita a relativizar esa resurrección del ladrillo, y que está cerca de duplicar el 15% del renqueante sector industrial y rebasa con creces tanto el 19,5% de unos servicios que acaparan más de dos tercios de la actividad económica del país.
Pese a esa notoria pujanza, y como consecuencia de la evolución de otros sectores, la agricultura está perdiendo peso relativo en el conjunto de la economía española, con una merma de algo más de una décima el año pasado al caer al 2,68% después de tres ejercicios en el 2,8%.
¿Y dónde está el truco para que, relativismos al margen, la rentabilidad de producir alimentos en campos y granjas sea tan elevada y creciente? 
De nuevo la Contabilidad Nacional que elabora el INE ofrece pistas interesantes que se resumen en que el valor de la producción final (60.866 millones de euros en 2018) está cerca de duplicar el montante de los gastos (27.252 en consumos intermedios y 5.404 en salarios), lo que da una ganancia bruta de casi la mitad de lo cosechado (28.210).
Todo ello con una particularidad: la liquidación de los impuestos y las subvenciones deja al cabo del año una ganancia neta superior a la factura salarial (5.702 millones de euros por 5.404), lo que equivale a decir que, en términos macroeconómicos, las arcas públicas cubren el coste salarial del campo.

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