Al Camino es una extraordinaria migración y sólo se hace explicable bajo unas motivaciones religiosas, bajo el palpito religioso de una mística del camino.
Eliseo Sáinz Ripa, IES.
En lo que a hombres y mujeres se refiere el Camino es un surtido de componente abigarrado.
Es cierto que del peregrinaje vivía y en el peregrinaje se enmascaraba toda una amalgama de vagabundos, pordioseros, prófugos, aventureros, truhanes y picaros, mercaderes y logreros.
Es cierto que Europa se hace en el cauce de saberes, modos y mercaderías que intercambia el Camino: teólogos, artistas, hombres del derecho, comerciantes..., Goethe ha dicho que Europa se hizo en el Camino de Santiago.
Es cierto. Pero esa humanidad en movimiento que es el Camino en una extraordinaria migración, que algunos estudiosos han querido cifrar entre 200.000 y 500.000 peregrinos al año, sólo se hace explicable bajo unas motivaciones religiosas, bajo el palpito religioso de una mística del camino.
Hay que recurrir radicalmente a una mística de los caminos en la Edad Media. La piedad de oriente, de donde Europa recibe su marchamo devocional, se materializa bajo signos más táctiles, bastante distantes de las formulaciones oracionales del occidente, con frecuencia cerebrales. La piedad oriental palpa y besa táctilmente los iconos. El contacto y el tacto es ya un rezo, es algo sagrado. Por ejemplo, el ritual de juramento que hereda Europa se realiza sobre la cruz y los evangelios tocados materialmente: para su validez se exigía tanto la fórmula sic iuro sic spondeo, sic me Deus adiuvet et hec sánela Dei Evangelia como el contacto material de las manos. Cuando en La Calzada se exige a los cuestadores de las impetras juramento de entregar fielmente lo recogido juran "a nuestro Señor Dios e a los santos evangelios e a la señal de la cruz que con la mano derecha tañen... dentro de la iglesia cathedral e capilla de señor Sancto Domingo tendiendo la mano sobre su cuerpo e sepultura donde está sepultado".
Aplicando esta rítmica al Camino pisado materialmente por los caminantes llegamos a la ascesis y aun a la comunión salvificante del peregrino con el mismo camino: es la cristianización del mito de Anteo, que en la lucha con el gigante tomaba fuerzas cada vez que lograba palpar el latido de la tierra, mientras el gigante alzándolo se esforzaba porque no contactase con el suelo. Eran los místicos... Los inevitables intrusos, truhanes y aprovechados vividores del camino son las sombras de contraste. Y espiritualiza mucho más el final, cuando el peregrino de rodillas besaba en el Monte del Gozo acariciando con sus manos la tierra y con sus ojos la ciudad del Apóstol. Y después, el abrazo y el beso material al santo y al maestro Mateo. En La Rioja los caminos a los santuarios están sacralmente definidos ya en los siglos XII y XIII: la tierra macerada de los mismos es ya lugar sagrado. Algo palpable y palpitante, con un palpito espiritualizador.
Las huellas de los peregrinos fueron haciendo camino y abriendo hospitales... Toda la secuencia del Camino se fue salpicando de hospederías monacales, de hospitales que servían de alivio a los caminantes especialmente en aquellos parajes más estratégicos y difíciles, como fueron en La Rioja los pasos de los ríos...
Al lado de la mística del camino se conforma la mística de la acogida. De las obras de misericordia corporales ya formuladas en los catecismos de la Edad Media, herederos de las catequesis patrísticas, surge una corriente de acogida, materializada por las manos cristianas.
San Benito, la gran figura monástica de la Edad Media, dice una y otra vez que la hospitalidad ha de ser la primera virtud de los monjes: monjes y las monjas abren hospederías.
Las buenas gentes fundan hospitales en aldeas y buenas villas. Las villas y las iglesias. Sólo con esta imparable dinámica se entienden los cinco hospitales de Viana, los dos de La Población, los cinco de Logroño, cuando el romero accedía al Ebro; el de Navarrete, los de Ventosa, San Antón. Y en torno a las aguas del Najerilla, las hospederías y alberguerías de Tricio, de Nájera y de Cañas con los hospitalillos de Badarán, Hormilla, Alesanco y Azofra, dueño éste de una finca junto a la Fuente de los romeros... En Burgos se levantaron hasta treinta y cinco hospederías para peregrinos y Santa Teresa dijo de Burgos, "Siempre he oído loar la caridad de esta ciudad pero nunca creía que llegase a tanto".(1)
Donados conventuales y hospitalarios se vinculan de por vida al servicio de los peregrinos y comprometen su cristianismo. Quizá sea bueno recurrir al lienzo hagiográfico de Murillo en la Caridad de Sevilla cuando nos pinta a Isabel repartiendo pan y besando las llagas de los pobres... o haya de pensarse que la primera piedra del burgo calceatense la puso Domingo el día en que acudió a los gritos del peregrino: cargó con su cuerpo malherido y lo descargó junto al parvo eremitorio donde hasta el momento él hacía oraciones y penitencias de anacoreta, y comenzó a hacer caridad: entonces nació el burgo-hospital que vivió un empuje de caridad durante los años en que fue abadengo.
Algunas buenas gentes ceden sus casas para la acogida, otros en memoria de los doce apóstoles regalan doce camas y algunos la suya propia para el hospital con ruego de que se ponga sobre ella su nombre y el peregrino rece un pater noster por su alma... En esos camastros a veces mueren extranjeros pronunciando palabras que nadie entiende o curan largas dolencias asistidos por la hospitalera o nacen a veces niños, como veremos en Azofra. El mismo pronunciamiento respetuoso comporta la liturgia fúnebre rendida a estos desconocidos: "En 28 de febrero de 1631 murió un pobre francés en el hospital (de Viana) no testó enterróse de limosna, dixosele una misa cantada".(2)
Hospitaleros y hospitaleras elevados a algo sacralizado... No habrá lugar de albergue donde no encontremos la constancia diaria de servicio al que llega. Abierta la puerta del recogimiento o albergue la hospitalera atendía al pobre y al peregrino. Con rito mayor se entierran los que expiran en Azofra y bajo un nimbo de sacralidad se rinde honores fúnebres, pariguales a los de los beneficiados clérigos, al hospitalero y hospitalera en Azofra y a aquél se le exime de prestaciones concejiles como a los clérigos. Hay en su oficio algo de sacro.
Y de nuevo como sombras de contraste encontramos en el camino toda la picaresca de los mesones y posadas, ya descrita en la literatura del tema: en los mesones el posadero se cobra en el bordón, la capa y la calabaza que era todo lo que poseía el peregrino.
[...]
(1) Dos hospitales en Redecilla del Caminno.
(2) Muerte del peregrino
Jean: Un
documento del parroquial de Redecilla del Camino tenemos una referencia
indirecta similar: recoge la curiosa noticia sobre un peregrino francés, de nombre
Jean, que murió en el hospital de San Lázaro. Para costearle el entierro se
subastaron sus ropas que, por razones sanitarias, no tuvieron postor. Por ello
se le enterró en el coro de la parroquia a expensas del municipio, que lo
sufragó con 400 maravedíes.

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